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enero 21, 2015

Me encontré una nota con tu nombre este día

Existen dos cosas que no se olvidan: los recuerdos, por su misma definición en el diccionario y los amores.
Sin embargo, es seguro que lo más difícil de olvidar son las buenas cosas, los buenos momentos y las buenas personas.

Pueden pasar meses, años enteros y las buenas cosas son aún imposibles de olvidar, cuando de verdad marcaron una parte importante de tu existencia, indefinidamente, seguirán ahí o para atormentarte o para reconfortarte, para sacarte una lágrima o la mejor sonrisa de tu día, nos equivocamos rotundamente cuando decimos que se ha terminado para siempre, que hemos olvidado todo para no recordar más, se supera, tal vez, y tal vez no del todo.

Las buenas cosas, repito, son lo más difícil de olvidar, en un día cualquiera, en una rutina, en miles de anocheceres transcurridos desde aquellos días, donde quiera que estemos, en el tren, en el metro , en un vaivén, puede que, mágicamente esa chispa recorra nuestros cuerpos una vez más, esto no manifiesta un deseo de volver, manifiesta únicamente esa realidad que está ahí afuera, que todas las personas que pasaron por nuestras vidas llegaron para quedarse, que, precisamente en el espacio que en algún momento les permitimos ocupar, ahí seguirán hasta el final de nuestros días.


Siempre recordaremos esa manera peculiar en la que nos referíamos a cada persona, esas manifestaciones de cariño, esas viejas bromas gastadas, recordaremos así mismo, las risas, los llantos, peleas, los santos, todo aquello que se vivió, puede que a veces eso nos impida avanzar, o puede que nos encontremos en nuestro mejor momento, la cúspide de una vida absolutamente renovada, lejos de aquellos recuerdos que en este ejemplo regresaron a la mente, todo depende de nosotros, si queremos avanzar y quedarnos con lo bueno, o quedarnos en lo que considerábamos bueno y seguro pero no avanzar.


Conscientes estemos que el día en el que nos llegue el recuerdo de un viejo amigo, un viejo amor, es el día en el que la nostalgia invadirá preciosamente nuestras mentes, y si nos ponemos un poco espirituales, nuestras almas, las que en aquellos días posiblemente compartimos.
El día entonces, en el que llegué un recuerdo aislado o un encuentro no esperado con esa persona con la cual no quisiéramos encontrarnos, porque tal vez nos hizo daño, o porque tal vez nos amamos demasiado, estemos listos, con la frente en alto y el corazón en la mano, agradezcamos y no huyamos, demos si es posible, un cálido abrazo, un gracias sin anuencia, recordemos sin temores y descubramos que sentimos, reciclemos los favores y posterguemos las rimas desmedidas.


Si algún día, ya pasado el tiempo, se animan a leer de nueva cuenta aquellas cartas mal escritas y aquellas notas olvidadas, sabrán que sin rencores habrá acabado la abstinencia.
Pero, ¿Abstinencia de qué? ¡Vamos! No seamos tan ridículos, todos nos alejamos por nuestra propia seguridad, si se está acabando algo lo primero que se hace es soltarlo, huir del lugar, irnos, para olvidar...


Mi consejo que seguramente de nada les servirá es que dejen al tiempo actuar, las heridas sanar, los recuerdos caer, los secretos guardados y los amores destinados.
Hablo de un destino muy particular, de ese en el que no se puede decidir, porque al fin y al cabo el destino sólo pasa.

Espero que algún día, para aquellos a los que aún les duele un amor, tengan el valor de releer los mensajes, sólo por nostalgia, por saber que han avanzado, por recordar lo que evidentemente no podrá ser olvidado, y no es que esté eso del todo mal, se trata únicamente de la decisión para la que estemos listos en ese entonces, si continuar o regresar.

Pero si deciden regresar tengan cuidado, porque muchas veces se vive enamorado del pasado, de la idea que existía pero cuando se vuelve nunca nadie es el mismo.